
Ángel Raúl
Morinigo Inchausti
Dr. Juan León Mallorquín (Paraguay)
Reside en
Ciudad del Este
(Paraguay)
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Le Mat
(Jotabé)
Porque lo tiene todo es el vacío,
esencia romo del fuego y del frío.
Arcano mendigo, sueño y locura...
Es la voz errante de la llanura,
alegre viajante que no se apura,
para ver la luz de la noche oscura.
Mientras va cruzando ríos y ocasos,
los perros muerden siguiendo sus pasos.
Y florece en su suerte el albedrío,
de ser la senda de la vida pura,
sin importar éxitos ni fracasos.
Grafía del eco
(Jotabea)
¿Dónde están las ovejas de pastores perdidos?
¿Dónde están los testigos de los sueños heridos?
Nunca remonta el viento sus voces apagadas,
ni la rosa perfuma, mil tumbas olvidadas...
Pero lloran las aves... lloran las alboradas,
que llegaron llevando, dulces tristes miradas.
Antiguas profecías sobre las piedras mienten...
Las verdades eternas de los que ya no sienten.
Los ecos abrazaron los senderos dormidos...
Y las marchitas flores de cristales orladas,
en mis sangrantes noches... penosas, me consienten.
Amarillo
(Jotabé tridecasílabo)
Amarillo el fuego azul del cielo amarillo,
amarillo el ocaso de llama sin brillo.
Amarillo el bramido de la noche ardiente
amarillo. Amarillo el miedo que no miente
en el rostro de un niño. Amarillo en el frente...
El grito del plomo con el hombre inclemente.
Amarillo el sueño que muere en la batalla,
amarillo el pecho cargando una medalla.
Amarillo el sol, con su lenguaje sencillo,
nadie duda que es de día estando presente,
pero ausente, sobre el mármol su voz estalla.
Ángeles
(Jotabé)
En la tumba de los ángeles llora...
La marchita inocencia de la aurora.
Pequeñas gotas de sueños perdidos,
brillan en blancos silencios, dormidos...
Ya para siempre con los oprimidos
sembrando quedos, otoños floridos.
¡Ay, cuánto dolor, cuánta soledad!
¡Oh, vasto fuego de la oscuridad!
En tu vientre la muerte se devora,
con la sangre de los tiempos vividos,
de dioses mendigos y sin piedad.
Marte
(Jotabé dodecasílabo)
¡Cuán alegre regresa el dios escarlata!
Nutrido de plomo su furia desata.
Ya llena su cáliz de sangre inocente,
que bebe sin demora estando caliente.
Mientras mira la matanza, indiferente,
va cosechando el odio del Medio Oriente.
¡Qué necio es el hombre por tanta osadía!
cambiando su paz por dolor y agonía.
Marte, jamás concede tesoros: ¡Mata!
Y su sed de destrucción es permanente,
dejando a su paso la ruína sombría.
Anhelado pensil
(Jotabé)
(Fragmento)
Miente el poeta su dicha lozana,
mienten las musas de lira pagana.
Miente el otoño sediento de fuego,
miente la voz perfumada de ruego,
miente el adiós un fugaz; «hasta luego»,
miente el corazón diciendo que es ciego.
Pero jamás miente el alma doliente,
que lleva del pasado un sol naciente...
Soñando que descansará mañana,
en un pensil de celestial sosiego,
donde el río bañe al otro muriente.
Elegía al vate cabrero
(Jotabé tetradecasílabo)
Sobre una rosa blanca, se desangra el rocío,
mientras un ave cantando va subiendo el río.
Quedo llora un verso su vate que lo envenena,
raudo el viento ha pasado derramando su pena.
Un arpegio de luna cae sobre la arena,
lejos un árbol desnudo de otoño se llena.
¿Dónde estás pastor del triste canto prisionero?
Tu lira ya sin dolor ha guardado el lucero...
Y tus mármoles de estrellas sobre el prado frío,
llenaron cipreses de melancolía plena,
tu voz ya no quema el corazón, vate cabrero.
El alma del reflejo
(Jotabemo Espejo Misver)
Doliente corazón de poesía...
Frente pálida de melancolía.
Desterrada, pero, vives soñando,
derramada dulzura cosechando,
desolada, flores negras pintando,
sagrada y profana, fluyes volando.
¿Viento de fuego, mi lar tu borraste?
Lamento florido en todo dejaste.
Creciente soledad de lejanía,
morada buscando pasas matando;
presiento ya muriéndome... llegaste.
Presiento ya muriéndome... llegaste,
morada buscando pasas matando...
Creciente soledad de lejanía.
Lamento florido en todo dejaste...
¿Viento de fuego, mi lar tu borraste?
Sagrada y profana, fluyes volando,
desolada, flores negras pintando,
derramada dulzura cosechando,
desterrada, pero, vives soñando.
Frente pálida de melancolía...
Doliente corazón de poesía.
Reflejos del alma
(Jotabemo Espejo Misver)
Poesía de corazón doliente,
melancolía de pálida frente.
Soñando vives, pero desterrada,
cosechando dulzura derramada.
Pintando negras flores, desolada,
volando fluyes, profana y sagrada.
¿Borraste tu lar, mi fuego de viento?
Dejaste todo en florido lamento.
Lejanía de soledad creciente,
matando pasas buscando morada;
llegaste, muriéndome ya presiento.
Llegaste, muriéndome ya presiento,
matando pasas buscando morada...
Lejanía de soledad creciente.
Dejaste todo en florido lamento...
¿Borraste tu lar, mi fuego de viento?
Volando fluyes, profana y sagrada,
pintando negras flores, desolada,
cosechando dulzura derramada;
soñando vives, pero desterrada.
Melancolía de pálida frente,
poesía de corazón doliente.
Anacoa*
(Jotabea con rima leonina)
Es una sensación de sombra y melodía,
que llena el corazón de pena y alegría.
Es la vétera casa, donde desconsolado,
llega el alma y rebasa la premura del hado,
para sentir que pasa su tiempo desterrado,
con el eco que abrasa su camino olvidado.
«Anacoa del ser, de hermosura doliente...
Las llamas del ayer, he nombrado su frente».
La lejana visión, la hidroica* sombra mía;
el murmullo que rasa la selva del pasado,
para que pueda ver por un rato, mi fuente.
Glosario de términos.
Anacoa: (Del gr. ana-, repetición o hacia atrás, y el lat. aqua, agua)
sust. f. Estado de ánimo que funde la melancolía del recuerdo con la fluidez del presente; percepción del pasado no como algo estático, sino como un eco que fluye y retorna constantemente en la corriente de la vida.
Hidroico, ca: (Del gr. hydros, agua, y oikos, casa u hogar)
adj. Perteneciente o relativo a la identidad que habita en el flujo de la memoria. Dícese de aquello que encuentra su centro o refugio esencial en el devenir constante del tiempo.
Versos de tierra y cielo
(Jotabemo Espejo Misver dodecasílabo)
a José María Gabriel y Galán
Desde el sacro cielo, manso ruiseñor,
brotan ya tus versos de un jardín en flor.
En el corazón del mortal que planta,
tu voz de esperanza brilla y se agiganta,
surcando los sueños que la luz levanta,
abraza el arado tu pluma que encanta.
Frades de la sierra te dijo al nacer:
—¡Oh, José María! Para conocer...
Con sereno brío besando el dolor;
del alma derrama la vida que canta,
el hombre del campo para florecer.
El hombre del campo para florecer,
del alma derrama la vida que canta,
con sereno brío besando el dolor.
—¡Oh, José María! Para conocer...
Frades de la sierra te dijo al nacer:
«Abraza el arado tu pluma que encanta,
surcando los sueños que la luz levanta,
tu voz de esperanza brilla y se agiganta,
en el corazón del mortal que planta».
Brotan ya tus versos de un jardín en flor,
desde el sacro cielo, manso ruiseñor.
Dulce mar
(Jotabé tetradecasílabo)
En tu seno de paloma, la luna se posa,
mientras el viento besa tu melena sedosa.
Va cantando el marinero su dulce lamento,
sobre tu vientre de sal, su dicha y su tormento...
«¿Quién sino la mar para guardar el juramento,
del pobre náufrago que murió sin testamento?»
En tus ojos rielan los astros ya sin estelas,
como sombras lejanas de antiguas carabelas.
Y tu espuma, fractal del tiempo y la mariposa,
pinta la tarde con un silencio amarillento...
Entonces pregunto dulce mar; «¿qué más anhelas?»
Umul: El testigo del Abzu
(5 Jotabés dodecasílabos)
I
El Abzu, dulce y sagrado manantial,
era el abismo y la arcilla primordial.
Bebía de su fuente aquel caminante,
forjador del tiempo y de la luz errante,
era el dios Enki, de la sien fulgurante;
el de ignoto origen de voz penetrante.
Cansados los dioses de arar la llanura,
buscaron quien cargue con tal desventura.
Mezclaron lodo con sangre celestial:
¡Naciendo el hombre, para el yugo vacante,
plantando la esperanza en la tierra dura!
II
De gozo llenos por la mano lograda,
brindaron los dioses, la feliz jornada.
Con néctar de palmas y jarras de vino,
jugaron a ser del azar el destino.
Ninmah, desafiante, tomó del camino
un puño de barro consciente del tino:
«¿Enki, podrá tu luz buscar un sendero,
al cuerpo que nazca de mí sin esmero?»
Con dedos de diosa, febril y alterada,
formó siete seres de barro sin tino,
reflejos del hombre, pero sin lucero.
III
Al hombre sin ojos, sumido en lo oscuro,
Enki, le dio su lira en verso maduro.
A aquel que no le puede mover ni el viento,
puso en un palacio, con un juramento:
«Tú serás el guía, con voz de portento,
de reyes y sabios en este aposento».
Enki, para los siete forjó la llama,
encontrando un lugar en la misma rama.
Enki, ganando el desafío, seguro;
a Ninmah reta con el mismo argumento,
agarra del abismo el lodo sin flama.
IV
Y brota de sus manos un ser sin vida,
de carne incompleta y de faz afligida.
Umul fue su nombre, con ojos de arena;
un grito que calla su propia condena.
La diosa lo mira silente de pena,
sabe que la competencia lo envenena.
Mas Enki lo acoge, su amor no se agota:
¡Hay luz en el alma que parece rota!
La flor del Abzu de bondad sin medida,
fundiendo el silencio rompió la cadena,
al darle al Umul el sueño que de él brota:
V
«Su sitio es mi templo, mi pan y mi abrigo,
pues todo lo mío lo llevo conmigo».
Callaron las aguas del dulce torrente,
y el hombre aceptó su labor de sirviente,
el tiempo lejano se volvió presente,
y el mito de los dioses quedó silente.
Mas bajo el abismo, en el lodo sagrado,
el Umul duerme por el dios amparado.
Es un sueño suave, del hombre testigo,
esperando un sonido de voz ausente,
para ser nuevamente, el más triste hado. |